La habitación 101 – Un cuento de Ramón Cerdá

El texto incluído a continuación es un cuento para niños recientemente escrito que formará parte de la campaña de promoción de la lectura en las charlas que sobre este tema ofrece el autor en colegios de primaria.

Actualmente se encuentra en proceso de ilustración y pronto estará disponible gratuitamente en pdf.

 

 

 

LA HABITACION 101

Una de las ilustraciones provisionales

 

 

 

capitulo 1

 

 

Había llegado caminando hasta allí, pero no recordaba de dónde venía ni adónde iba.

 

A unos pocos metros podía ver un hotel pequeño, viejo, con un cartel medio descolgado y donde alguien había pintado a mano en letras verdes: Habitaciones libres.

 

¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? No lo sabía. Solo sabía que tenía sueño. Tenía que dormir y eso era un hotel, así que entraría.

 

 

La puerta chirrió al abrirla, con un ruido que le hizo sentir miedo. Dentro estaba oscuro, pero pudo ver a un hombre bastante gordo y con una camisa sucia que estaba detrás del viejo mostrador mirándolo a los ojos, como si estuviera esperándole desde hacía mucho tiempo.

 

—¿Tiene una habitación?—preguntó el chico joven.

 

—Sí, pero solo me queda la habitación 101—contestó el hombre con una voz tenebrosa.

 

—Vale.

 

—Pero es que nadie quiere dormir en la habitación 101.

 

—¿Por qué?

 

—Porque allí habitan los miedos.

 

—¿Qué miedos?

 

—Los tuyos.

 

—Yo no tengo miedo—dijo el chico valientemente.

 

—Todos tenemos miedos—le aseguró el hombre del hotel.

 

—Quiero dormir, así que déme las llaves de esa habitación.

 

El hombre se encogió de hombros y le dio la llave al chico, pero no le cobró nada.

 

El chico subió por la escalera y la primera puerta que vio fue la de su habitación: 101

 

 

La puerta era muy alta. Mucho más alta que las que él tenía en su casa, pero igual de ancha, lo cual le daba un aspecto extraño. El número estaba torcido.

 

Por un momento su mano tembló al ir a introducir la llave en la cerradura, y pensó en lo que le había dicho el hombre: Todos tenemos miedos.

 

Pero él tenía sueño, mucho sueño, y estaba lejos de casa, o tal vez no estaba tan lejos. Lo cierto es que no sabía dónde estaba, solo sabía que tenía sueño.

 

Al final se decidió y metió la llave. Era una llave vieja y grande, oxidada, muy antigua. Parecía todavía más vieja que el hotel. De pronto se dio cuenta de que pesaba mucho.

 

Dio dos vueltas a la cerradura y la puerta se abrió con un craajjjjtttttttt que le puso los pelos de punta.

 

Al ver el interior se sorprendió. Lo que estaba viendo no era una habitación de hotel cualquiera, aunque él nunca antes había estado en un hotel, pero imaginaba que las habitaciones de hotel eran de otra manera… porque esa, en realidad, era igualita que su habitación. Tenía la misma cama, la misma ventana con la cortina de Los Simpson y una estantería llena de libros. Muchos libros. Sus mismos libros.

 

Entró y se acostó en la que parecía su cama. Nada más tumbarse se quedó dormido. Ni siquiera tuvo tiempo de quitarse los zapatos.

 

Pero pronto se despertaría. Un ruido muy fuerte lo sobresaltó. Era agua. Mucha agua. Caía por todas partes, por las paredes, por la lámpara del techo, y hasta parecía salir del suelo. Un relámpago iluminó la habitación y pudo ver cómo subía el nivel del agua rápidamente. Su corazón se aceleró, como si alguien le estuviera golpeando el pecho y parecía que se le iba a salir por la garganta.

 

Tenía los ojos muy abiertos y lo primero que pensó es que nunca más podría volverse a dormir.

 

¡¡¡ Tenía miedo !!!

 

¡¡¡ El hombre tenía razón !!! ¿Cómo sabía que él siempre le había tenido miedo al agua? ¿Y por qué se estaba llenando su habitación de agua?

 

 

El agua subía cada vez más aprisa y ya llegaba a la altura de la cama. Se puso de pie encima del colchón y comenzó a gritar.

 

¡¡¡ SOCORROOOOOOO !!!

 

¡¡¡ SOCORROOOOOOO !!!

 

Tenía los pies mojados…

 

…los tobillos…

 

…las pantorrillas…

 

…las rodillas…

 

¡¡¡ SOCORROOOOOOO !!! —Volvió a gritar.

 

…y entonces… ¡ Se despertó !

 

Lo había soñado. Ahora su cama era su cama, y no estaba en ningún hotel. Salió de su habitación y allí estaba el pasillo de siempre.

 

Nunca había tenido una pesadilla tan extraña, y decidió que nunca más tendría otra igual. Le diría a su madre que lo apuntase a natación, a pesar de que nunca antes había querido hacerlo porque tenía miedo del agua, pero tendría que poner remedio a eso, y lo mejor para luchar contra los miedos es enfrentarse a ellos.  No dejaría que le volviera a suceder.

 

 

 

capitulo 2

 

El hombre gordo que estaba detrás del mostrador miraba a una niña que acababa de entrar. Era ya algo mayor, tal vez catorce años, pensó el hombre, o puede que doce. Las niñas crecen muy rápido.

 

—¿Dónde estoy?—le preguntó la niña.

 

—En el Hotel Overlook.

 

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

 

—Cuando sueñas puedes viajar.

 

—¿Estoy muy lejos de casa?

 

—La distancia no importa. Puedes viajar muy rápido cuando sueñas.

 

—Pero yo quiero dormir.

 

—No me quedan habitaciones.

 

—Fuera había un letrero que ponía habitaciones libres.

 

—Ese letrero siempre está ahí, pero lo cierto es que solo me queda la habitación 101 y esa no te va a gustar.

 

—¿Por qué?

 

—Porque no le gusta a nadie.

 

—A mí me da igual, solo quiero dormir. ¿Qué hay en esa habitación?

 

—En esa habitación está tu miedo.

 

—Yo no tengo miedo.

 

—Todos tenemos miedos—le dijo el hombre mientras le daba una llave muy grande y pesada y le señalaba la escalera que llevaba hasta el primer piso.

 

A la chica no le importaba lo que le había dicho el hombre. Solo quería llegar pronto a la habitación y acostarse. Al subir la escalera, la primera puerta era la de la habitación cuya llave le había dado el hombre sudoroso. No pensó más en lo que le dijo de su miedo y abrió la puerta, entrando a la habitación sin mirar en su interior hasta que estuvo dentro.

Cerró la puerta y de pronto notó algo extraño. Miró a su alrededor y vio la habitación más grande que nunca jamás antes había visto. Una habitación más grande que la casa donde vivía. No, más grande que el colegio donde estudiaba. No, más grande que cualquier cosa. No se veía el final por ninguna de las partes. Solo podía ver la puerta que acababa de atravesar.

 

 

Una puerta que parecía flotar porque tampoco había suelo. ¡También ella estaba flotando!

Estaba sola… con la puerta… y la enorme llave en su mano.

Sintió ganas de gritar pero no pudo. Tenía miedo. Mucho miedo. Y se acordó de lo que le había dicho el hombre del hotel Overlook: Todos tenemos miedos.

Cuando aceptó que tenía miedo, finalmente pudo gritar, y gritó, y gritó, y volvió a gritar… hasta que despertó.

El corazón le latía muy rápido y parecía que quería salirse del cuerpo. Pero ya no estaba en ese extraño lugar donde no había nada, donde solo estaba ella, donde nunca podría hablar con nadie, y se dio cuenta de que a lo que de verdad tenía miedo era a estar siempre sola. Iba sola a todas partes, no se relacionaba con sus amigas, ni con la familia… con nadie. Era una solitaria… pero no era feliz. ¿Por qué huía de la gente? Estuvo mucho rato pensando en ello hasta que se volvió a dormir.

Cuando despertó, lo primero que hizo fue llamar a una amiga con la que no hablaba desde principio de curso.

—¿Vamos al cine esta noche?—le preguntó.

 

capítulo 3

 

El hombre gordo empezaba a estar cansado. ¿Por qué iba tanta gente esa noche a su hotel si solo le quedaba una habitación libre?

Ahora acababa de entrar un hombre mayor, muy mayor, con el pelo blanco y demasiado largo para su edad, delgado y con aspecto de cansado.

 

—No sé qué hago aquí—le dijo el viejo al recepcionista.

 

—Yo se lo diré, coja esta llave, suba al primer piso y entre en la habitación 101. Es la única que me queda, así que si no le gusta se aguanta.

 

—¿Y por qué no me va a gustar? ¿Tan fea es?

 

—Es todo lo fea o bonita que usted quiera que sea. Es su habitación.

 

—¿Por qué no me ha de gustar entonces?

 

—Porque dentro están sus miedos esperándole.

 

—Yo ya soy viejo. De niño y de joven tuve muchos miedos, pero ahora ya no los tengo.

 

—Todos tenemos miedos—le dijo el gordo.

 

El viejo no supo qué responder y subió hasta la habitación. Estaba muy tranquilo porque hacía mucho tiempo que era cierto que no tenía miedo a nada. Había vivido mucho y había hecho todo lo que  tenía que hacer. Tenía una mujer estupenda con la que llevaba casado cincuenta años, unos hijos fabulosos, y unos nietos que lo adoraban. ¿Qué más podía querer un hombre a su edad?

 

¿Miedo? No. No tenía ningún miedo.

 

Abrió la puerta tranquilamente. No sabía lo que se iba a encontrar al otro lado, pero ya había estado en muchos hoteles antes. En hoteles de todo el mundo. Hoteles baratos y hoteles caros, hoteles buenos y hoteles malos. ¿Qué podría tener esa habitación que pudiera sorprenderle a sus más de ochenta años?

 

Una luz intensa le cegó los ojos y fue la causante de su primera sorpresa, pero no de la única. Cuando por fin sus ojos se acostumbraron a la luz, pudo ver que no se trataba de una habitación de hotel. No había ninguna cama, ni mesita de noche, ni cuarto de baño, ni televisor, ni minibar. Tampoco había muebles, a excepción de las múltiples estanterías que cubrían todas las paredes. Lo que estaba viendo era una biblioteca, una biblioteca grande, pero no había ningún lugar donde sentarse ni ninguna mesa donde apoyar y consultar los libros.

 

 

Le resultaba extraño pero al mismo tiempo se sentía cómodo porque los libros habían sido su mejor compañía desde que era un niño. Todo lo que sabía lo había aprendido de los libros, y la mayor parte de sus buenos ratos los había disfrutado mientras leía un buen libro. Era capaz de leer hasta tres libros cada semana y no tenía ninguna otra afición que le gustara tanto como esa. Leyendo aprendía, al leer se sentía bien, leyendo descubría mundos maravillosos y viajaba a lugares imposibles, conocía a gente de todo tipo y aprendía hechos históricos.

 

No pudo evitar reírse al recordar lo que le había dicho el recepcionista: “Porque dentro están sus miedos esperándole”

 

¿De qué miedos hablaba? No solo no tenía miedo sino que lo que acababa de encontrar en la extraña habitación era maravilloso, cientos, no, miles de libros alrededor suyo, libros de todo tipo, novelas, cuentos, de viajes, científicos, de medicina…

 

Echó un vistazo a todas las estanterías y paseó por ellas tocando con una de sus manos los lomos de los libros, oliendo el aroma que desprendían los muchos kilos de papel. Era una sensación maravillosa.

 

De pronto vio uno al que siempre le había tenido un cariño especial: EL CONDE DE MONTECRISTO, de Alejandro Dumas; era el primer libro que recordaba haber leído con apenas ocho años. Antes ya había leído otros, pero eran cuentos y relatos para niños. Ese libro en concreto resultó ser el primero para adultos de los miles que posteriormente leería, y desde entonces lo había releído al menos una docena de veces.

 

Lo cogió con cuidado. Estaba muy bien encuadernado con tapa dura. Se lo acercó a la nariz sin abrirlo para notar su aroma. Olía a una mezcla de papel y polvo, un olor muy característico de las viejas bibliotecas.

 

Lo abrió sabiendo de antemano lo que iba a encontrar dentro, porque aunque no se lo sabía de memoria, si que conocía al dedillo cada uno de los detalles de la historia que contaba. La historia de Edmundo Dantés.

 

Pero al abrirlo se quedó paralizado. Las hojas estaban en blanco… Las fue pasando una a una, primero despacio y luego cada vez más rápido, pero todas, absolutamente todas sus hojas estaban en blanco. Lo dejó caer al suelo y cogió otro libro al azar… en blanco… Otro… en blanco… Otro…

 

¡¡¡ en blanco !!!

 

Los libros iban acumulándose en el suelo conforme los soltaba, cada vez con mayor desesperación. Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué significaba eso? ¿Había desaparecido todo lo que durante siglos habían escrito los hombres? ¿Se había evaporado el conocimiento y la sabiduría?

 

De repente lo comprendió, comprendió lo que el hombre del hotel quería decirle cuando le dijo que la habitación contenía sus miedos. Y sí, ese era su mayor miedo, que los libros dejaran de existir, que no pudiera seguir leyendo cada día, disfrutando y aprendiendo con lo que otros habían escrito antes para él.

 

Dejó caer el último libro que sostenía entre sus manos y cayó de rodillas al suelo, sobre algunos de los libros que había tirado en su desesperación.

 

¿Qué sería de sus hijos y de sus nietos? ¿Qué sería del mundo sin libros?

 

No podía creerlo. No podía estar pasando algo tan horrible.

 

La luz se apagó de repente y de pronto se encontró acostado en su cama, en su habitación, en su casa, con el corazón latiéndole muy fuerte.

 

¿Lo había soñado? Se incorporó y saltó de la cama como si hubiese descubierto un incendio en su habitación. Salió corriendo por el pasillo y se dirigió a su biblioteca particular, donde él leía cada día al menos cuatro horas. Encendió la luz y vio una imagen que le resultaba muy familiar porque estaba acostumbrado a verla todos los días. Buscó un libro en concreto. Un libro que conocía muy bien y que conservaba desde niño: EL CONDE DE MONTECRISTO.

 

Lo abrió con nerviosismo, temiendo encontrar las hojas en blanco… Pero no. Allí estaba Edmundo Dantés y todas sus aventuras. Cayó de nuevo de rodillas al suelo, como antes, pero esta vez de alivio. ¡ Lo había soñado !

 

¡¡¡ GRACIAS !!!  ¡¡¡ GRACIAS !!!

 

Gritó una y otra vez.

 

Gracias por la existencia de los libros…

 

 

 

NOTAS DEL AUTOR:

 

Nunca antes había escrito un cuento dirigido a los niños, aunque no es el primer libro que escribo para ellos. El primero fue QUIERO SER NOVELISTA, versión escolar, y desde entonces he querido escribir una historia para ese público tan especial. Algo que les emocione y al mismo tiempo les incite a leer y a amar los libros, al menos tanto como yo los amo. El cuento, además, también espero que les sirva para comprender un poco más sus miedos, y para saber que todos los tenemos… pero que se pueden superar.

 

En este breve texto he querido además hacer unos modestos y personales homenajes literarios: La habitación 101 aparece en el famoso libro 1984 de George Orwell, donde también la gente se enfrentaba a sus miedos. El hotel Overlook es donde transcurre la mayor parte de la historia de El resplandor, de Stephen King, y El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas es en realidad el primer libro de adulto que leí siendo un niño.

 

Gracias a los libros por existir.



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1 Comentarios.

  1. Ya tengo disponible la versión del cuento completamente ilustrada. Pronto la publicaré en otra entrada del Blog, además de dejarla disponible en formato pdf gratuito en la tienda virtual http://www.ramoncerda.com/tienda

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La Lectura de Ramón