A continuación os dejo el texto íntegro del primer capítulo de mi novela más recientemente publicada. Está teniendo buena aceptación y crítica. Espero que os guste. Si es así podéis adquirirla en mi tienda virtual http://www.ramoncerda.com/tienda y os la puedo enviar dedicada.
También os agradecería cualquier comentario sobre la misma en este blog o en facebook: http://www.facebook.com/elfantasmadelossuenos
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El fantasma de los sueños

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En aquélla época, todo era distinto. No sabía muy bien por qué me venían ahora a
la cabeza imágenes de mi niñez. Tal vez porque las relacionara con lo que ahora
me estaba pasando, aunque bien mirado, poco o nada tenía que ver. Todo era muy
distinto pero existían cosas en común. Esas cosas que el inconsciente se encarga de
procesar sacando conclusiones propias.
Este año pasado nevó durante las fiestas de navidad, y en cambio eso no me
trajo recuerdos de aquélla otra navidad de cuando era chico en la que también
nevaba copiosamente y que ahora recordaba con tanta nitidez. Tendría unos diez
años. Fueron unas fiestas inolvidables y no precisamente por cosas agradables, sin
embargo yo había conseguido olvidarlas. Olvidarlas totalmente. Borrado de mi
mente, aunque tal vez el término borrado de la mente resultaba inexacto porque de
haber sido así, no lo hubiera vuelto a recordar ahora, tan de repente. Sí que podía
decirse que lo había olvidado porque eso era evidente, ya que nunca había vuelto a
pensar en ello, ni siquiera cuando la nieve se dejó ver de nuevo en las mismas
fechas. Olvidado…, no borrado. ¿Quién iba a decirlo?, después de tantos años
viviendo en soledad, me venían a la memoria hechos de cuando todavía mi padre
vivía. Pocos años después moriría aplastado por un camión de leche en un
accidente de tráfico. Eso nunca lo olvidé, como tampoco olvidé aquello que sentí
estando a tantos kilómetros de distancia de mi padre, cuando tuvo el accidente.
Cuando murió, yo lo sentí de inmediato y aunque no supe exactamente qué es lo
que ocurrió, sí que tuve la seguridad de que mi padre había muerto. ¿Mi primera
premonición? No; en realidad no fue una premonición porque no adiviné lo que iba
a pasarle a papá, sino que simplemente pude sentirlo en el mismo momento en que
ocurría. Y tampoco fue mi primera experiencia de este tipo o similar, como ahora
podía recordar. Ahora pienso que eso podía estar relacionado con aquello otro que
me ocurrió a los diez años, pero ¿no sería un sueño? En realidad me parecía
increíble recordar ahora cosas tan lejanas. Tan olvidadas.
¿Sería el inicio de una larga lista de recuerdos, o por el contrario sería
simplemente un recuerdo anecdótico? Una especie de jugarreta mental en la que
una conexión actual había despertado o conectado un viejo enlace neuronal ya
oxidado. También podría ser un sueño. A veces uno está seguro de haber hecho o
dicho algo, hasta el momento en que otra situación le hace recordar que en
realidad era algo que simplemente había soñado la noche anterior. Pero cuando
ocurrían esas cosas eran siempre pequeños detalles. Tonterías. Un pequeñísimo
recuerdo como cuando alguien tiene la certeza de haber ido a comprar huevos y
cuando abre la nevera, se da cuenta de que no quedan. En realidad había tenido la
intención de ir a comprarlos y finalmente no llegó a hacerlo, pero el subconsciente
lo guardó de alguna manera, nadie podría saber con qué fin, y el fantasma de los
sueños lo recuperó para ir de compras por su cuenta. Eran tonterías de ese tipo las
que pasaban a menudo, pero no era eso lo que ahora parecía estar sucediéndome.
Lo que ahora evocaba mi memoria era algo más profundo y lejano, a la vez que lo
hacía con todo lujo de detalles. Eso era también lo extraño. ¿Por qué tanto detalle?
Era como si me hubiera ocurrido ayer mismo y no casi cincuenta años atrás.
Me miro las manos, y para tener casi sesenta años, mi aspecto es todavía
bastante lozano, pero soy capaz de leer en ellas toda una vida de fracasos, de
soledades, de angustias. No puede decirse que haya sido feliz, aunque también
podría decirse que muchas cosas han cambiado para mí. Soy otra persona. Hace
poco más de un año estuve a punto de morir, y no solamente no fue así, sino que
ahora dispongo de unas habilidades; tal vez debiera llamarlo poderes, que antes
sólo podía soñar.
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Como cada domingo a media mañana, cuando empezaba la típica angustia de que
el corto fin de semana se estaba terminando y tendría que volver al internado esa
misma tarde, cogí mi tirachinas que había fabricado yo mismo el año anterior y me
dirigí a una balsa cercana. Cerca de casa había tres de estas albercas, pero yo casi
siempre acudía a la misma. Era más grande que las otras; tendría un tamaño
aproximado de seis por doce metros aunque a mí me parecía inmensa, y había
muchas más ranas. Eso era lo que más me interesaba por aquél entonces: las
ranas. No sabía por qué, pero las odiaba. Siempre las había odiado; a las ranas y a
los sapos. También odiaba a las serpientes de agua ⎯y a las de tierra⎯, pero eran
mucho más difíciles de encontrar y de cazar. Con las ranas era distinto. Sólo tenía
que acercarme a la balsa, buscar un ángulo en el que no llamase demasiado la
atención de los bichos, y permanecer quieto. Muy quieto. Ese era el secreto;
moverme lo menos posible. La alberca tenía siempre un aspecto lúgubre a causa
del agua estancada. Aspecto que todavía resultaba más inquietante por los olivos
centenarios que la rodeaban; algunos de los cuales resultaban siniestros cuando
eran iluminados por la luna. Se utilizaba para el riego, pero sólo cuando el agua
escaseaba en la zona. Era como una reserva para el verano, cuando de hecho, en
algunas ocasiones bajaba su nivel, aunque nunca la había llegado a ver vacía. Pero
de todos modos yo solía ir en invierno, en temporada escolar que era cuando sufría
mis depresiones dominicales, y cazar ranas era una manera de alejar de mí esos
fantasmas. De olvidar que por la tarde tendría que ir una vez más al repulsivo
internado, acudir a misa y esperar el todavía más odiado lunes. Me esperaba otra
semana entera de reclusión monacal. También era una forma de proyectar mis
frustraciones hacia un ser inferior al que podía incluso matar a voluntad. Me sentía
poderoso por unos instantes.
Cuando no tenía otra cosa, utilizaba como munición pequeñas chinas,
aunque siempre que podía, usaba bolas de hierro o incluso tornillos que resultaban
mucho más mortíferos. En la alberca se criaban todo tipo de hierbas y el agua era
oscura. Tan oscura que nunca llegué a ver el fondo. Ni siquiera en verano cuando el
nivel descendía. Eso me hacía imaginar que su profundidad era enorme, y
fantaseaba con que un desconocido mundo subterráneo se escondía en la aparente
inocencia de las aguas. Un mundo en el que las ranas eran enormes llegando a los
dos metros y se alimentaban de los cerdos de la granja cercana que caían
accidentalmente en el agua cuando iban a beber, e incluso de seres humanos. En
más de una ocasión había tenido sueños que respaldaban esos temores. O tal vez
ocurría al contrario, posiblemente tuviera esas fantasías a causa de los sueños.
Sueños que resultaban atrozmente reales y de los que despertaba totalmente
sudado y agitado. Eran unos sueños extraños por muchos motivos. Uno de ellos era
la enorme duración de los mismos (juraría que se alargaban durante horas), pero el
motivo que más me llamaba la atención, el que más me asustaba y me hacía
intentar permanecer con los ojos abiertos durante la noche para no seguir soñando,
era que a lo largo de la pesadilla me despertaba en tres o cuatro, o incluso más
ocasiones, momentos en los cuales, lógicamente el sueño quedaba interrumpido,
pero a diferencia de lo que sería de esperar, de lo que ocurre normalmente, al
quedar de nuevo dormido, las imágenes se reiniciaban justo en el punto en el que
habían quedado interrumpidas, como en los intermedios después de la pausa
publicitaria. Así una y otra vez. No había forma de deshacerme de la zozobra hasta
que no había amanecido. Una de esas pesadillas comenzaba habitualmente con una
imagen en la que yo mismo caía al agua, desde una gran altura. Caía de pie y me
hundía durante largos minutos en un mundo oscuro. Mientras lo hacía, numerosos
seres pasaban alrededor mío, rozándome algunos de ellos, pero nunca conseguía
ver nada en la oscuridad. Seguía descendiendo más y más, hasta llegar a un punto
en el que veía una ligera y cimbreante luz. Lo cierto es que no era una, sino
muchas luces con movimientos ondulantes. Luces que iluminaban escasamente el
abismo, aunque lo suficiente como para que pudiera distinguir las enormes ranas
carnívoras. Las luces no eran otra cosa que anguilas eléctricas, las cuales a modo
de luciérnagas gigantes desprendían un halo lumínico amarillo que inundaba la
inmensidad de las profundidades. Estas candelas vivientes eran tan grandes como
las propias ranas gigantes, por lo que me causaban tanto temor o más que estas
otras. Las luces, al moverse, generaban numerosas sombras en derredor mío, y las
algas me rozaban la cara y las manos creándome una mayor angustia. Las ranas se
acercaban y me olisqueaban como si fueran cachorros de perro, pero no llegaban a
atacarme nunca. Tal vez pensaban que no era comestible, aunque en el fondo yo
sabía que comían cerdos y seres humanos. De repente se habían juntado más de
una docena de ranas gigantes a mi alrededor y se daban la vuelta todas al unísono,
como si hubieran recibido una orden que yo no alcanzaba a oír o comprender. En
esa segunda fase de la pesadilla, las ranas atacaban sin piedad a las enormes
anguilas que no tenían tiempo de huir y eran absolutamente devoradas por ellas.
Engullidas las anguilas, la terrible oscuridad volvía a adueñarse del fondo del
abismo, y aunque no podía verlo, sabía que ahora las ranas volvían a acercarse
hacia donde yo estaba. Podía sentir su respiración, su presencia, sus suaves
movimientos de acercamiento. De repente una de las ranas que ya se había
acercado lo suficiente, abría la boca para morderme. Una luz salía de su interior y
podía ver sus enormes fauces. Despertaba de nuevo. Ya era de día. Por esa vez me
había salvado.
Nunca me había bañado en la alberca, a pesar de que muchos otros niños lo
hacían en verano. Yo sentía terror por las profundidades y nada había más lejos de
mi intención que bañarme en esas aguas misteriosas que sabía que eran habitadas
por los enormes monstruos de mis sueños. Ese era otro motivo por el que evitaba ir
en verano. Había más niños por la zona y resultaba imposible cazar, y además
corría el riesgo de que me tiraran al agua. Fui un niño muy tímido y siempre se
habían burlado de mí. Era feo y gordo, y para mayor inri, mamá había tenido la
bendita idea de llamarme Consuelo. Poseía todo lo que tenía que tener un niño para
que se metieran conmigo, me insultaran y me utilizaran como chivo expiatorio en el
colegio. Necesariamente tenía que convertirme en un chico solitario y amargado,
sin posibilidad de hacer amigos que me sacaran de mi soledad. Odiaba también a
mis padres por haberme hecho como era, por ponerme el nombre que me habían
puesto, y sobre todo por obligarme a estudiar en el internado. Papá decía que era
para que me relacionara más y para que pudiera concentrarme en los estudios,
pero yo sabía que era simplemente para tenerme alejado de casa, para no tener
que estar pendiente de mí continuamente. Para mis padres era muy cómodo
dejarme en el colegio el domingo por la tarde y no recogerme hasta el viernes
siguiente por la noche. Algún fin de semana, alegando que era temporada de
exámenes, incluso me dejaban allí para que estudiara, para que me concentrara. ¡Y
una mierda!, ¿cómo me iba a concentrar y estudiar? Odiaba aquél sitio. El único
lugar en el que me encontraba medianamente cómodo era la iglesia, a pesar de
que no me he considerado nunca creyente. En la iglesia sentía paz, me aislaba del
exterior y por unos momentos olvidaba los estudios, los exámenes, y el hecho de
que tuviera que pasarme toda la semana en el colegio. Fue precisamente en esa
misma iglesia, donde unos pocos años después sentiría que papá había muerto.
Pero eso sería a los trece años. Mis recuerdos se remontaban ahora a cuando tenía
diez.
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En esas fiestas de navidad había estado nevando sin parar, y aunque al principio la
nieve no había cuajado, a partir del segundo día, el nivel de la misma comenzó a
ascender. No había visto nunca tanta nieve junta. De hecho, ni siquiera estaba
seguro de haber visto nevar con anterioridad. Mis padres me decían que sí, pero lo
cierto es que yo no lo recordaba en absoluto. Fueron unas fiestas inolvidables en
todos los sentidos, aunque tan solitarias como cualesquiera otras. Nadie con quien
jugar, nadie con quien conversar ⎯mis padres estaban como ausentes, iban a su
bola y parecía que yo no existiera para ellos⎯, pero siempre había sido así, y ya
había formado mi personalidad ajustándola a tales circunstancias. En muy pocas
ocasiones echaba de menos la compañía de amigos⎯que de hecho nunca había
tenido⎯, ni tampoco una mayor atención por parte de mis padres. Esa soledad me
permitía ser más independiente y hacía que no me sintiera culpable por no prestar
atención a los demás. Vivía en mi propio mundo. Mi aislamiento era tal que incluso
en el colegio creía estar solo en muchas ocasiones, con el maestro explicando en la
pizarra y rodeado de compañeros, la voz del profesor se convertía en un murmullo
monocorde dentro de mi cabeza y mi vista acababa enfocando al infinito, con lo
cual la figura del maestro se difuminaba y en ocasiones hasta desaparecía
totalmente de mi campo de visión fundiéndose con el fondo negro que ofrecía el
encerado. El murmullo y las imágenes borrosas me imbuían en mi mundo
particular.
La falta de atención de mis padres me permitía también tomar decisiones sin
consultar. De ahí que pudiese coger el tirachinas y dirigirme a la alberca como un
día más, a pesar de la fuerte nevada caída. Nadie se fijó en ello y pronto estuve
caminando con esfuerzo sobre la nieve. Tenía curiosidad por ver cómo la habían
soportado las ranas. La temperatura había descendido enormemente en el
momento en que dejó de nevar, por lo que se produjeron placas de hielo en el
camino que me hacían resbalar continuamente. El calzado que llevaba no era el
más propicio para las circunstancias y empecé a notar un cierto hormigueo
ocasionado por el frío y la humedad. Sí que me llegué a agenciar unos guantes que
por cierto me venían bastante grandes porque eran de papá, y una bufanda que no
recuerdo con certeza si era mía o también era de mi padre. No importaba. Seguro
que nadie la echaría en falta, como tampoco iban a echarme de menos a mí, a no
ser que no apareciera por casa a la hora de cenar, y todavía faltaban varias horas
para eso. Miré al cielo y vi que la luz ya era bastante escasa, aunque al reflejarse
en la nieve, la sensación de luminosidad resultaba mayor. Calculé que me
quedaban un par de horas de luz para ir, cazar una docena de ranas y volver a
casa. Ya me estaba imaginando la cacería. Mi corazón se aceleraba cuando alguna
rana desprevenida asomaba su cabeza en el borde de la alberca, o incluso sacaba
todo su cuerpo y se posaba de forma despreocupada encima de alguno de los
nenúfares que cubrían parte de la superficie. Era en esos momentos cuando
moviéndome lo menos posible, tensaba la goma del tirachinas. Lo hacía despacio,
muy despacio, y apuntaba con especial habilidad obtenida por miles de disparos
anteriores. La goma del tirachinas triplicaba su longitud antes de ser soltada, y el
proyectil salía sibilante en línea recta en dirección a su objetivo. Ya era tarde para
la rana. Si el proyectil había salido bien orientado, no le daría tiempo a reaccionar,
y la metralla se hincaría fatalmente en sus carnes. Era en ese momento cuando la
rana en un impulso reflejo estiraba ambas ancas como si quisiera dar un último
salto. Salto que desde luego ya no estaba en condiciones de realizar. Sólo de
pensarlo ya me sentía excitado. Podría esconderme mejor que otras veces
aprovechando los montículos de nieve. Hasta podría construirme mi propia
trinchera.
Mis huellas iban quedando atrás, en el silencio de la tarde, donde sólo
escuchaba el murmullo de un ligero viento de levante. Los guantes preservaban
muy bien mis manos del frío, aunque tendría que quitármelos si pretendía acertar
con el tirachinas. Pero no me los quitaría hasta no tener preparado el frente de
batalla. Ya podía ver la balsa desde donde estaba, de manera que debía acercarme
con mayor sigilo. No era bueno armar escándalo antes de comenzar porque las
ranas se escondían y tardaban en volver a salir a la superficie.
Pronto estuve a escasos metros de la alberca, y lo que vi me llenó de
asombro, y en parte de frustración.
4
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No me hubiera asombrado tanto en el caso de verla totalmente vacía. Aquello era
increíble. Toda la superficie de la alberca simulaba un enorme espejo. Sin duda el
frío resultó ser mucho mayor de lo que supuse y bastaron menos de cuarenta y
ocho horas para helar completamente el estanque. Me preguntaba si habrían
muerto ahogadas las ranas o podían respirar indefinidamente bajo el agua. El
hecho de que fueran anfibias no sabía por aquél entonces si les permitía estar
mucho tiempo bajo el agua. Tal vez cuando desapareciera el hielo de la superficie,
toda ella quedaría cubierta de cadáveres. Hasta era posible que algunos de los
monstruos de las profundidades se ahogaran y de ese modo también pudiera llegar
a verlos muertos y ya inofensivos. La superficie, aunque totalmente regular en
cuanto a tacto, no lo era visualmente, ya que en muchas zonas -sin duda las más
heladas-, el hielo era ya totalmente blanco, y en otras todavía tenía la cualidad de
transparente. Me acerqué fascinado. Nunca había visto un espectáculo semejante.
A lo sumo algún pequeño charco helado de camino al colegio, con cristales de pocos
milímetros de espesor que se rompían de inmediato. En una de las esquinas, donde
el hielo era más transparente pude ver a una de las ranas. Sin duda más fascinada
que yo mismo por un hecho tan insólito. Había quedado atrapada debajo del hielo e
intentaba salir a la superficie sin éxito.
-Así que no puedes salir, ¿eh? Considérate afortunada -le dije mientras le
enseñaba el tirachinas-. Si hubieras podido salir, quizás ahora estarías ya a punto
para criar malvas. Bien. Otro día será. ¿Dónde están las demás?, ¿están todas ahí
dentro o alguna ha tenido la precaución de quedar fuera del agua?
Al levantarme, resbalé en la nieve y el tirachinas salió disparado de mi
mano, cayendo en la superficie del hielo.
-¡Mierda! ¿Seré idiota?-seguí mascullando en voz alta.
El tirachinas, siguiendo con el impulso de la caída, se deslizó grácilmente por la
superficie resbaladiza del hielo, hasta detenerse prácticamente en el centro de la
balsa.
-Mierda, mierda, mierda…-murmuraba, esta vez para mis adentros con
frustración reprimida.
Miré en derredor mío en busca de alguna rama lo suficientemente larga, y la
única que vi, apenas alcanzaba para la mitad de la distancia necesaria. Así y todo y
no confiando en mi apreciación, la cogí e intenté acercarla al tirachinas. Lo hice
primero de un lado y luego del otro de la balsa, pero en ambas ocasiones la rama
resultó totalmente inútil.
-Joder…, no puedo dejar ahí mi tirachinas. Si vuelvo cuando el hielo se
haya deshecho, posiblemente alguien lo haya cogido ya. ¿Cómo se me ha podido
caer así? Soy un idiota.
Rodeé varias veces la charca helada intentando tomar una decisión, hasta
que me acerqué de nuevo al borde lo suficiente como para tocar el hielo. Lo empujé
con todas mis fuerzas y pude comprobar que no cedía bajo la presión.
“¿Podrá aguantarme? -Pensé.”
Una vez más hice presión sobre el hielo y probé en otros dos puntos,
siempre con el mismo resultado. La superficie no cedía bajo la presión. Un aliento
de esperanza se dejaba ya entrever en mis pensamientos. Si me acercaba con
cuidado al tirachinas por encima del hielo, podría recuperarlo. Se trataba de no
hacer movimientos violentos, como si lo que me dispusiese a cazar fuera una de las
ranas y no el tirachinas. Miré una vez más al cielo y me di cuenta de que el tiempo
había transcurrido rápidamente. Me quedaba apenas media hora de luz, y solo me
faltaba quedarme a oscuras en aquélla situación desesperante. ¿Qué más me
podría pasar?
“Lo haré, puedo hacerlo.”
“¿Por qué no?”
“Me acercaré despacio y si veo que el hielo hace algún ruido raro, tendré
tiempo de volver atrás. Seguro.”
Me acerqué con sigilo, como si pretendiera que nadie me escuchase, como si
temiera que el tirachinas pudiera huir si se percataba de que iba en su busca. Por
enésima vez hice presión con la mano sobre el hielo, y por enésima vez me
tranquilizó el hecho de que no cediera ni hiciese ningún ruido extraño. El viento
había arreciado y era más frío que cuando salí de casa. Tenía los pies mojados y
helados y los dedos prácticamente no los sentía. El hormigueo me llegaba hasta
mitad de las pantorrillas.
“Bien, allá voy.”
Pronto estuve a cuatro patas sobre la superficie del hielo. Sólo estaba a tres
metros de distancia del tirachinas. Sin duda podría alcanzarlo fácilmente. Me
maldije por no haber cogido la rama que antes no me había servido de nada. Una
vez sobre el hielo, podría haberla utilizado para alcanzar mi arma con mayor
prontitud, sin tener que deslizarme sobre tanta superficie de hielo. Si alguien
pudiera verme en esa situación, seguro que pensaría que estaba loco e intentaría
disuadirme de tal actitud, pero yo me encontraba solo, solo con mis pensamientos
y con el viento cada vez más violento y frío.
Una rana se asomó justo debajo de donde me encontraba y ambos
quedamos mirándonos. Nunca había estado tan cerca y tan lejos a la vez de una de
mis víctimas.
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El viento disimuló con su silbido el ruido del hielo al quebrase, por lo que no me di
cuenta de ello hasta que no vi la grieta que se dirigía a toda velocidad desde debajo
de mi cuerpo hasta donde se encontraba el tirachinas. Me quedé helado, tanto por
el frío cada vez más intenso, como por lo que estaba ocurriendo a mis pies. Fui
consciente de mi excesivo peso ahora que me encontraba a tanta distancia del
tirachinas como del borde de la balsa. La grieta zigzagueante se detuvo justo donde
estaba el maldito juguete.
“¿Qué hago?”
“¿Me levanto y corro hacia el tirachinas y no me paro hasta llegar al otro
extremo?”
“¿Vuelvo atrás?”
“Mierda y mil veces mierda.”
Mi corazón se había acelerado, y un sudor frío comenzó a cubrirme el cuerpo
a pesar de la baja temperatura. Pronto perdí el control de mi esfínter y para mi
vergüenza un charco amarillo cubrió el hielo entre mis piernas. Aquello acabaría
congelándose y yo quedaría pegado allí mismo como no tomara pronto una
decisión.
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“Allá voy.”
Me levanté rápidamente y me dirigí hacia el tirachinas, atrapándolo en un
par de zancadas. Mi nivel de adrenalina había alcanzado límites insospechados y la
energía parecía desbordarme. Me sentí capaz de volar. Ya había cogido el arma con
la mano derecha y seguí corriendo.
“Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.”
Una zancada, otra…
La grieta no se había conformado con quedarse a mitad de camino y me
perseguía en la misma dirección en la que yo me estaba moviendo, como si quisiera
recuperar aquello que le había sido arrebatado impunemente y que consideraba
que ya le pertenecía.
“Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.”
El hielo cambió de táctica. La grieta zigzagueante no era suficiente para
detenerme, por lo que decidió abrirse bajo mis pies.
Te atraparé -me pareció escuchar.
Te atraparé.
Te atraparé.
El hielo se abrió de repente con un crujido que más bien me recordó a un
enorme rugido. Estaba a poco más de un metro de distancia del borde del
estanque. Mis pies desaparecieron bajo la superficie del agua, pero la inercia hizo
que mi cuerpo siguiera avanzando en dirección a mi salvación. Con la mano
derecha me así al borde helado, el tirachinas salió disparado huyendo de la
situación y poniéndose a salvo detrás de un pequeño montículo de nieve a varios
metros de distancia. Mi mano no pudo asirse y resbaló. Pude ver a cámara lenta
cómo ocurría. Cómo mis dedos rozaban la superficie en un intento desesperado por
agarrarse, y cómo resbalaban hasta hundirse en las oscuras aguas junto con el
resto de mi cuerpo.
Me pareció que me hundía durante cientos de metros. Todo estaba oscuro, y
las algas me rozaban la cara y las manos. Todo era como en mi sueño… En mi
pesadilla… Pero ahora no estaba soñando. Ahora todo era real… Horriblemente,
horrorosamente real. Ahora no me bastaría con despertarme. Quizás la solución
ahora fuera la inversa… Quedarme dormido.
Pronto me pareció ver una especie de luz…
7
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-¡Consuelo! ¡Consuelo!-el grito de su madre sonaba desesperado.
-¿Qué demonios pasa Dolores?-su marido que se había quedado dormido
delante de la radio se despertó con un sobresalto.
-Augusto, algo le ha pasado a Consuelo. Está aquí.
-¿Dónde?
-Aquí mismo, ha venido a pedirnos ayuda.
-Cariño, no te entiendo-su tono era de incredulidad-. ¿No estarías
durmiendo y lo habrás soñado?
-Tú eres el que estaba dormido, no yo.
-Está bien, está bien, cálmate. ¿Dónde dices que está?
-Está pidiéndonos ayuda, ¿no lo ves?⎯señalaba delante de ella.
Augusto miró en esa dirección sin ver nada. En la habitación todo
permanecía quieto, y en cuanto a oírse, además de los gritos de su mujer, el único
sonido provenía del aparato de radio que seguía todavía con el serial.
-Está en la balsa. Se ha caído al agua. Augusto, se nos ahoga, Consuelo se
nos ahoga.
-¿Qué balsa? ¿Cómo puedes saber eso?
-La balsa, la que está cerca del matadero. Se ha helado con el frío de estos
días. A Consuelo se le ha caído el tirachinas y ha intentado recogerlo. El hielo se ha
roto y… ¡Dios mío!-la mujer se puso a llorar desconsoladamente echándose
ambas manos a la cara-. ¡Haz algo, maldita sea!-le gritó a su marido sin dejar de
llorar.
-Está bien, está bien, voy para allá, pero no entiendo nada,-cogió el abrigo
y buscó la bufanda que no encontró. Salió corriendo en dirección a la balsa. Con
ese tiempo tardaría al menos cinco minutos en llegar.
Corría y corría. Algo le hacía sentir que su mujer tenía razón. No lo entendía
y le parecía una tontería, pero la desesperación de Dolores era tal que consiguió
infundirle temor. ¿Sería posible que fuera cierto lo que decía y que Consuelo se
estuviera ahogando? ¿Pero cómo podía estar pidiéndole socorro? ¿Cómo podía estar
viéndolo? Le parecía increíble, pero seguía corriendo. Desesperado.
“Maldito crío-pensó-, ¿por qué no se habrá quedado en casa con este
tiempo?”
“Ya llego, ya llego. Espera un poco.”
La desesperación era cada vez mayor. Ya estaba totalmente convencido de
que lo que decía su mujer era cierto. La pregunta ahora no era si en verdad había
ocurrido o no lo que decía Dolores. La pregunta ahora era si él podía llegar a
tiempo o no, y si finalmente podría rescatarlo o por el contrario sería demasiado
tarde. Si la maldita piscina o lo que demonios fuese estaba realmente helada,
Consuelo podía estar atrapado debajo del hielo, y nadie aguanta tanto tiempo bajo
el agua, y menos su hijo que no era precisamente un atleta. ¿Qué haría entonces?
¿Qué pasaría si se había ahogado? ¿Y si simplemente no lo veía al llegar? ¿Qué
podría hacer? ¿Lanzarse al agua?
“Ya llego, ya llego.”
Pudo ver la balsa a unos doscientos metros. La superficie blanca de hielo no
era uniforme. Efectivamente el hielo estaba roto.
“Dios mío, es verdad. Es verdad.”
Estaba sudando y su respiración era muy agitada. No estaba acostumbrado
a esas situaciones ni a esos esfuerzos físicos. Ya distinguía el cuerpo. Sí, estaba
flotando en la superficie justo donde el hielo había cedido.
“Al menos no se ha quedado atrapado debajo.”
Augusto alcanzó agotado el borde de la balsa donde apenas a un metro de
distancia se encontraba flotando el cuerpo -tal vez sin vida- de su hijo.
-Hijo, ¡hijo mío! ¿Qué te ha pasado?-las lágrimas que hasta ese momento
se habían resistido a salir al exterior, inundaron su rostro-. ¡Oh, Dios mío, no!
Lo alcanzó como pudo. Estaba boca abajo, por lo que desde luego no podría
estar respirando. Sintió verdadero pánico. En el fondo sabía que estaba muerto y él
era el culpable por no haberle prestado atención, por no interesarse en lo que decía
o hacía, por tenerle sin cuidado dónde y cuándo iba a jugar, o si iba solo o
acompañado. Nunca lo había visto con amigos. Diez años conviviendo con él y se
daba cuenta ahora de que su hijo no tenía ni un solo amigo. Y no sólo no tenía
amigos, sino que tampoco tenía padre. Él se limitaba a llevarlo al colegio los
domingos por la tarde y dejarlo internado hasta el viernes por la noche en que iba a
recogerlo con el coche. Y eso si no estaba de viaje, en cuyo caso su hijo tenía que
coger el autobús.
-Hijo mío, ¡lo siento!, ¡te juro que lo siento!
Lo sacó tirando de él con fuerza. El rostro estaba blanco, helado, sin vida.
-Dios mío, ¡¿qué he hecho?!
8
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Ahora, con cincuenta y nueve años y a punto de cumplir sesenta, había vuelto a
recordar todo aquello. Mis pesadillas -también olvidadas durante décadas-, lo que
me ocurrió en aquélla maldita alberca. Mi padre llorando desesperado conmigo en
los brazos. Y la que fue mi primera experiencia de ese tipo. ¿Cómo había podido
olvidar todo eso? Parecía increíble. Totalmente increíble.
Cuando me pareció ver esa luz en el fondo, inconscientemente pensé que se
trataba de las enormes y monstruosas anguilas eléctricas de mis sueños. Hasta me
pareció comenzar a distinguir también a las gigantescas ranas. Pero no fue así.
Mirándolo retrospectivamente y gracias al sorprendente detalle de los recuerdos,
ahora sabía que esa luz salía de mí mismo. No era de las anguilas. En ese maldito
estanque sólo había ranas pequeñas y algas, y tal vez alguna serpiente de agua de
no más de quince centímetros y totalmente inofensiva, como las pobres ranas.
Ahora me siento culpable por todo el daño que les hice. Por los cientos de ranas
que maté en aquellos lejanos años de mi niñez. Pero lo cierto es que aquél día
recibí mi castigo. Vaya si lo recibí.
Ahora lo sé. Esa luz era mi alma saliendo en busca de ayuda. Había
experimentado sin saberlo, un viaje astral completo, algo inolvidable que sin
embargo había olvidado completamente hasta ahora. No sé cómo, pero pude
alertar a mamá de lo que me había ocurrido, y ella no dudó ni un solo instante en
que eso estaba pasando de verdad, hasta el punto de convencer a papá para que
saliera corriendo a buscarme a la balsa.
Mi padre estaba desesperado, y cuando me sacó inerte del agua debió
pensar sinceramente que había perdido para siempre a su hijo. Pero no fue así. Yo
había sufrido un paro cardíaco, eso era cierto. Había dejado de respirar, pero no lo
suficiente como para morir ahogado. Mi alma, o mi espíritu, o como se le quiera
llamar, después de cumplida su misión extracorpórea, volvió a su lugar de origen:
mi cuerpo exánime. Todavía no era la hora de abandonarlo definitivamente. Fue en
ese momento cuando papá debió notar algo. Tal vez un pequeño movimiento mío, o
una leve respiración. El hecho es que recuperó sus esperanzas y como buenamente
pudo me hizo el boca a boca según le habían enseñado en el ejército.
Sencillamente volví a la vida, y casi cincuenta años después sigo aquí.
Posiblemente mi misión todavía no haya acabado. Tal vez tenga algo muy
importante que hacer en este mundo y por ello no perecí ahogado en aquél
accidente. Tal vez ha llegado el momento de hacerlo y por eso empiezo a recordar
todo ese asunto, y otros, porque lo cierto es que estoy acordándome de muchas
otras cosas que han permanecido acuclilladas en las tinieblas de mi mente durante
casi medio siglo.
Novela publicada por ECU NARRATIVA
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